29 de octubre de 2011

La gata sobre el tejado de hojalata.



¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez?... Si no se producía un cambio de última hora, el azar se disponía, en breve, a despertar de su anestesia el agradable sabor de  aquel edulcorante con propiedades curativas. ¡Tanta meticulosidad para nada! –sentenció observando cómo su Señoría, estresado por la última llamada recibida, y con el tiempo pegado al culo, dejaba la puerta de la cocina abierta con el desayuno intacto dispuesto sobre la mesa. Ya su lengua se excitaba erizando las papilas de la punta, preparándose para acometer el primer lametón por el borde  de la taza, y proseguir hasta donde fuese posible llegar, en busca del espeso néctar asentado en el fondo.  No era de recibo desaprovechar la ocasión de pegarse un festín a costa de un descuido ajeno… Y eso que parece tan tranquiloque lo tiene todo controladoque ha nacido para ser p e r f e c t o Una astillita de tímida felicidad se le clavó en el nublado cielo del paladar; sin pestañear, rememoró su pasado de golosa empedernida. Era cuestión de paciencia. Cuando oyese alejarse el ronroneo del viejo auto con el esqueleto de su amo aferrado al volante, sería el momento de actuar. ¿Qué más daba unos minutos más? ¿Acaso la espera de algo bueno no es ya una delicia en sí misma?
 

2 comentarios:

Sergio dijo...

El camino hacia la ansiada felicidad en muchas ocasiones es más gratificante y placentero que el fin pretendido. Hay que saber disfrutar del viaje y no siempre es fácil, yo me empeño en ello.

¡Precioso felino!

Belén dijo...

Si es que tienen vida propia...

Besicos